En un campo de trigo de La Rioja, una línea atraviesa la superficie como una herida precisa. Una apertura en la tierra —sesenta metros de largo y cuatro de profundidad— excavada con la pala de una máquina: lo justo para que un cuerpo camine por su interior, se adentre en la oscuridad y sienta el pulso de la tierra viva. Allí, el aire se enfría, el olor a barro se vuelve denso y el cuerpo, envuelto por la materia, oscila entre el refugio y la opresión. Las marcas de la pala revelan la violencia y la precisión del gesto humano —frontera entre creación y herida—.
Las marcas de la pala en las paredes de barro revelan la violencia y la precisión del gesto humano sobre la naturaleza —una frontera entre creación y herida—.
La obra se presentó mediante una performance: los mismos artistas, Ariane y René se introdujeron en la brecha desde extremos opuestos, desapareciendo bajo el terreno y resurgiendo cubiertos de tierra, como si la tierra los devorara y los devolviera transformados.