La fotografía acompaña a Ariane Patout desde la infancia. A los ocho años tuvo su primera cámara, y desde entonces mirar se convirtió en un modo de habitar el mundo. A los dieciocho montó su propio laboratorio de blanco y negro en casa, donde aprendió a revelar no solo imágenes, sino una forma de observar: lenta, intuitiva y esencial.
Su trabajo nace de la necesidad de mirar: de encontrar en lo cotidiano una forma de belleza que no pretende ser perfecta. Lo natural, lo salvaje y lo frágil se entrelazan en imágenes donde la realidad se convierte en escena, y cada detalle adquiere sentido.
Ariane fotografía como quien escucha. Construye cuidadosamente cada composición buscando el límite entre lo bello, lo sublime y lo siniestro. En ese punto de tensión, donde la naturaleza y el cuerpo se tocan, su mirada revela una verdad silenciosa —cruda, contenida y profundamente viva—.