Un tronco muerto, recuperado del bosque de Farrera, se alza sobre el terreno con ramas convertidas en patas, como un gran insecto que ha sobrevivido a la quemadura del tiempo. Su cuerpo ennegrecido se abre con un corte longitudinal que se convierte en ventana: un hilo de luz que enmarca la inmensidad de las montañas. Cuando el espectador se aproxima, descubre con sorpresa pequeñas figuras humanas que parecen pasearse por ese paisaje, sin ser conscientes de que habitan el cuerpo de ese ser silencioso. La pieza reflexiona, con ironía y ternura, sobre la arrogancia del ser humano que camina a sus anchas por el mundo, creyéndose ajeno a la naturaleza, sin percibir que forma parte de ella —o peor aún—, que la invade.
Esta creación fue concebida en un momento crítico, durante el confinamiento de la pandemia de COVID-19, cuando las personas tenían prohibido salir de casa, reunirse con otros, o incluso pasear por el bosque, enmascaradas y distantes del aire libre que siempre les perteneció.
Realizada en residencia artística en CAN Centre d’Art i Natura, Farrera, Alt Pirineu, 2020. Con René Müller.