En el corazón de un bosque japonés, Ariane trabajó directamente sobre un árbol de más de treinta metros —muerto, pero todavía erguido y firme en la tierra— esculpiéndolo durante días en completa soledad.
La obra se construye como metáfora de la acción humana sobre la naturaleza: intensa y destructiva, como la de las termitas devorando la madera.
Pero para los habitantes locales de Kamiyama, la metáfora de la obra era otra: para ellos representaba la cooperación y la construcción colectiva, como la de las hormigas.
De esta combinación de percepciones —la acción humana como devoradora según la intención de la artista, y como labor colectiva según la percepción japonesa—, el título de la obra integró la versión japonesa アリ → /ari/ →hormigas.
Entre las figuras que pueblan la obra, destaca una de color rosa fucsia: un guiño al símbolo de la domesticación del bosque, y al mismo tiempo un homenaje a quien, siempre vestido de ese color, trabaja en esos bosques y acompañó a Ariane como guía en el proceso.
La escultura permanece en el bosque de Kamiyama, lugar de su creación, expuesta al paso del tiempo, al viento, a la lluvia y a quienes la descubren mientras recorren el bosque.